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António Martín Sena da Silva

Lisboa (Portugal), 1926

La actividad fotográfica de António Sena da Silva comienza durante sus estudios de arquitectura en la Escuela Superior de Bellas Artes de Lisboa, cuando tomaba instantáneas de piezas defectuosas de motores diesel para ilustrar informes técnicos. Rápidamente empieza a utilizar fotografías como base para pintar carteles.

Su formación complementaria se centra en torno a la arquitectura y la construcción: dibujo y pintura, diseño de edificios y escénico, tecnología de la pintura decorativa, carpintería para teatro, estructuras de madera…

Uno de los aspectos más importantes de su obra es la intimidad. António afirma no poder tomar una distancia crítica con su obra. No se atreve a intentar separar sus trabajos en “nobles ejercicios” o trabajos menores, ni los grandes temas de los pretextos ingenuos. Esta intimidad con su trabajo –que ahora parece resultarle inconveniente- comenzó hace años, cuando tenía que dibujar estatuas bajo la bella luz de los salones abovedados de la Escuela de Bellas Artes, en Lisboa, rodeado de calma y, por qué no, de coherencia.

Desde entonces hasta ahora, Sena da Silva ha aprendido la fascinante práctica de la subversión y, a lo largo de las muchas ocupaciones que ha tenido, ha ido acumulando las ambigüedades que se producen al realizar trabajos y contemplar las reacciones a los mismos. Este bagaje ha creado en él una inmunidad al ver multitud de obras de arte comercializadas como simple mercancía artística.

Como referencias solo reconoce los retratos de estudio al óleo y los testimonios recogidos para fines confesos en lugares como Büchenwald o la guerra de Vietnam. Sin ignorar la importancia de las tareas ancestrales –como hacer bella la figura de la infanta horrorosa, dotar a arquitectura mediocre de deslumbrantes lecturas del espacio o degradar la imagen de cualquier dignatario hasta los últimos detalles-, Sena da Silva afirma estar mucho más interesado en la Encyclopédie Photographique de l’Art y en el Museo Imaginario de André Malraux.

Su pasión por “andar por ahí” se expresa no con los procedimientos de los grandes maestros de la captación de instantes; él intenta mirar a la gente directamente a los ojos, sin una lente interpuesta, de manera mucho más cercana al fotógrafo de estudio de “mira al pajarito” que a los reporteros equipados con cámaras rápidas o discretas Leicas.

La percepción de cada lugar y cada situación, a la luz de cada hora, y la posibilidad de obtener alguna forma de registro, no de un “instante robado” sino de la complicidad de un “instante compartido”, le lleva a trasponer la esperanza de ese registro a una reconstrucción, ya sea encontrada o fabricada en el taller del fotógrafo. Estas ingeniosas imágenes le permiten compartir “sus verdades”, justificando y dando cuerpo a la frase que António incluyó en su concurso para obtener el título de arquitecto: “El arte, ingeniosa comunicación del artista con el público, solo alcanza un objetivo razonable cuando crea las condiciones para desplegar un intenso proceso de comunicación –uno de gran poder emocional- entre las personas que forman ese público”.