Ver Portfolio

Vari Caramés

Ferrol (La Coruña), 1953

“Particularmente, siento una fascinación especial por lo intemporal, indefinido, etéreo”.

Las fotografías de Vari Caramés no emergen desde lo real, sino desde un sueño tamizado. En ocasiones, veladas por la lluvia o el movimiento, consigue unas tomas que parecen deslizarse a través de los delicados arrecifes del subconsciente. Son retratos de seres y paisajes que están hechos de tiempo, de un tiempo lento y melancólico lleno de nostalgias y ensoñaciones. Fotos que no son inventadas; siempre han estado ahí, ocultas en algún lado durante largo tiempo y él las descubre.

Instantáneas que van inexorablemente unidas a lo gallego. Son una especie de psicoanálisis porque, sin duda, los sueños se cuentan, se registran y se interpretan dentro del lenguaje, y las fotografías hablan para que nosotros las interpretemos. El lenguaje de Caramés no es ampuloso y, mucho menos, descriptivo, sino que nos habla con susurros y desde un intento desesperado de dar forma a sus obsesiones.

En su trabajo, la luz está deconstruida y velada por condensación, consiguiendo una sorprendente difuminación que, más que reflejar fielmente la realidad, deja entrever una visión fantasmagórica de la misma. El resultado no es místico pero sí íntimo y secreto por lo melancólico. El agua, la niebla y el movimiento son recurrentes, así como una transparencia vaporosa fundamental. Hay una desmaterialización de formas y luces que crea una gramática propia, deudora tanto de Pessoa y sus desasosiegos como del habitar en el lugar donde la tierra se acaba.

Se quiere estar en los lugares que él retrata porque se intuye que no es posible quedarse a vivir en ellos. Son como paraísos de una tarde, más allá del ruido, de los lugares comunes. Como esas tardes de domingo en las que nada ocurre o en las que puede ocurrir cualquier cosa. Creaciones misteriosas que están en los márgenes de lo visible, más cerca de la pintura que de la fotografía, que revelan lo inmediato como un desconocido absoluto y que llenan el espacio de murmullos que terminan provocando una suerte de cálida inquietud.

Sus imágenes participan de todos los elementos más evocadores de este cambio de siglo: son errantes, fragmentarias, irregulares, inciertas, demoradas, intangibles y un poco falsas, como toda fotografía. Es el artista el que es veraz y la fotografía la que miente pues, en la realidad, el tiempo nunca se detiene. Y en muchas de sus fotografías ocurre una representación paradójica, una ironía: la movilidad representada por la inmovilidad más absoluta. Lo fugaz vuelto eterno.

Ahora que el arte tiene más que ver con lo terrible que con lo bello, las fotografías de Caramés siguen teniendo una belleza hechizante que se presenta como un claro en el bosque de la multitud de imágenes que nos rodea. Un lugar en el que reponernos de un exceso de contrastes entre luces y sombras. Un sitio más acogedor y menos salvaje en el que poder digerir con tranquilidad la espesa realidad que nos rodea.

Vari Caramés es uno de los más valiosos representantes de la escuela fotográfica de lo inmediato y lo cotidiano, la de quienes fotografían como respiran, la de quienes se dedican a este arte para conseguir el certificado de una emoción, la de quienes van caminando por el mundo –por las calles de sus ciudades-, cámara al hombro, logrando la difícil sencillez, el como si nada, la instantánea que nace del entendimiento de su arte como un diario íntimo, como un tratado de lo efímero.