Extracto del texto de Laura Terré para el volumen número 31 de la Colección PHotobolsillo, editada por La Fábrica, con la colaboración de Obra Social Caja Madrid.
"...La intermitencia es cualidad de las cosas que necesitan mostrarse con fuerza, las que nos dejan sorprendidos y hacen que fijemos nuestra atención, convertida en obsesión hipnótica. Terré tiene esta curiosa cualidad de la intermitencia. Como la fiebre, que aparece y desaparece, aparentando los momentos de calma entre delirio y delirio momentos de recuperación energética, así vemos al fotógrafo intermitente que vuelve a mostrar su obra, al cabo de los años, enriquecida con nuevas imágenes pero señalando lo mismo con la misma intensidad.
Sus inicios fotográficos se remontan a finales de la década de los 50 cuando, desde el seno de la Agrupación Fotográfica de Cataluña, junto a Xavier Miserachs y Ramón Masats -y respondiendo a un profundo instinto fotográfico y a un sentimiento de modernidad-, decidieron llevar la vida a la sala de arte, sin pretender artistizar la vida que, de por sí, era suficientemente bella.
Este inicio, del que nunca ha renegado, determinó su carrera como fotógrafo. En su primer reportaje sobre una tarde de Jueves Santo se concentran los hallazgos que después le van a hacer meditar los derroteros de su fotografía: la infancia, la muerte, el carnaval…
Concibe la coherencia como una fidelidad ciega a una serie. En vez de avanzar en línea recta, separándose del origen (como suele ocurrir en otros autores), su obra se desarrolla en espiral, vuelve y se revuelve, ocupando todo el espacio alrededor del origen, creando una complejidad única de matices.
La intermitencia en la actividad de este catalán en Galicia no está ocasionada por el apagón súbito de su función como fotógrafo, sino por el giro que van tomando sus inquietudes. En ese hueco que abarca el final de la década de los 60, Ricard cambia de actividad en relación a la fotografía: realiza grandes murales, sus fotos más “públicas”, que respondían a una intención ambiental, plástica, decorativa -al servicio del cliente-, ayudando a construir la imagen de la moderna ciudad de Vigo.
Su obra no es muy numerosa, pero tiene el atributo esencial de la buena fotografía: es intensa. Ha suplido la constancia con ese otro valor más escaso: la coherencia. Es un hombre de ideas. Sin embargo, es en la plástica donde se expresa. Cuando coge la bolsa de las cámaras, sabe a dónde se dirige. Los actores de la vida real parece que le están esperando.
No obstante, Terré no es paciente. Le gusta ir al grano y obtener el beneficio sin perder demasiado tiempo. Sus citas con la fotografía son pocas al año, pero de lo más eficaces. Siempre va al encuentro del ser humano. Su apariencia de desorden y despiste solamente cubre, como una defensa vegetal que ha ido creciendo a lo largo de los años, una férrea estructura de orden y clarividencia. Todo en su sitio. Fotografiar parece darle orden a su mundo.
Su preocupación no se queda simplemente en la concepción de cada una de las imágenes. Su obra fue hecha para servir de espectáculo y, como tal, está pensada para impactar al observador en una cuidada disposición escénica, en la que combina el tamaño miniatura con las grandes copias murales en una ósmosis de sensaciones. Blanco y negro y gran tamaño. Esos son los dos grandes placeres sensuales que encuentra Terré en la fotografía.
Superficies cargadas de materia para que el alma de sus personajes se eleve en las miradas. Y siempre la mirada de frente. La fotografía es una prolongación de la mirada del fotógrafo y su mirada se convierte de este modo en opinión. No en opinión como intervención, no praxis, no denuncia, sino aceptación, constatación y lo que comporta esa actitud tranquila del que no cierra los ojos frente a la realidad presente, aunque se muestre en su forma más cruda..."